martes, 8 de marzo de 2011

ORALIDAD Y AFRICANIA EN CUBA - Mirta Fernández Martínez


Cuando hace unos años me acerqué al Centro Cultural Borges para inscribirme en un taller literario, solo terminé mirando la información sobre clases de danzas afro (http://laurarabinovich.blogspot.com/) Así, en cuestión de un minuto opté por la idea de la representación y comunicación a través del cuerpo. Desde ya se abrió todo un mundo de conocimiento que –mas allá de la técnica propia de este tipo de danzas- implicó necesariamente un aprendizaje en torno a lo cultural y religioso.
Meses más tarde, tuve la oportunidad de viajar a Cuba y -aunque fue un viaje confeccionado y decidido en no más de tres días- traté de brindarme un espacio para buscar información respecto de la cultura y prácticas africanas que continúan en esa región, un poco por contraste con cierta cercanía y accesibilidad de conocimiento en cuanto a los mismos tópicos en Brasil. Con más ganas que sabiduría, en la placita de libros de la Habana me encontré con dos maravillosas publicaciones. La primera es una selección de ensayos etnográficos de Don Fernando Ortiz (http://www.ffo.cult.cu/fortiz.htm), editada en 1984 y; la otra, es la que nos da el tema de hoy cuyo foco central es la oralidad: la música, la religión, la poesía, los bailes, la propia filosofía de la vida. La música y la religión presentes en la Cuba actual que han conservado el léxico y la cultura africana.
Oralidad y africanía en Cuba presenta la fusión de las distintas culturas africanas en su llegada a esas tierras. Culturas que junto a las formas europeas imperantes dieron marco a la identidad “cubana”. Desde ya este trayecto no fue sencillo, pues tuvieron lugar por lo menos dos grandes factores: el primero refiere que los esclavos traídos de áfrica provenían de distintas regiones, y por lo tanto trajeron consigo diferentes creencias, lenguas y costumbres. El segundo factor, se debe a la prohibición de manifestar abiertamente su cultura, hecho que conllevó a distintos “disfraces” como el sincretismo religioso con el catolicismo para continuar con sus rituales. Nuestra autora, explica cómo este último proceso permitió conservar el núcleo básico de significaciones propias mas allá de los aspectos simbólicos tomados de la cultura dominante. De esta manera, las tradiciones religiosas de antecedente africano actuaron como fuente de resistencia cultural y han preservado hasta la actualidad las cosmogonías de los dioses de África, pensamiento que incluso se ha ido diluyendo en algunos lugares del propio continente originario.
Considero a este libro, una excelente entrada al estudio del devenir de sociedades alcanzadas por la trata de esclavos y de cómo todo ello fue conformando una amalgama identitaria tan vigente y real como la propia intención de ocultarla que existió durante siglos. Así desde la época colonial, Mirta Fernández nos presenta los distintos hechos que intensificaron la presencia africana en América con foco en el gran Asiento concedido por Carlos II en 1518; licencia que permitió la importación de 4000 esclavos. A partir de allí, al igual que en Brasil, Barbados, Jamaica y Saint Dominique entre otros, Cuba entra en el proceso de expansión e intensificación de las plantaciones de azúcar.
Como bien detalla la autora en el primer capítulo de su libro, los hombres y mujeres esclavos que llegaron a América provenían de al menos cien pueblos diferentes de todas las regiones del sur del Sahara. Algunos de ellos pertenecieron a grandes imperios como los de Ghana, Malí, Songai, Sokoto, Kanem-Bornú y de reinos como el de Congo, otros islamizados como fulbé o de ciudades – estado con gran desarrollo cultural como los yoruba. Ya hacia el final de los años de trata son las naciones lucumí o yoruba, los carabalí y los arará los que predominan. Para todos ellos comenzó un proceso de no retorno, que mas allá del sufrimiento que ello implicó, propuso indirectamente la gestación de una nueva cultura con elementos de todos.
Los capítulos restantes tienen por intensión la presentación de distintos aspectos culturales, donde nunca se perderá el foco en la palabra. La cuestión religiosa: la Regla de Oshá o Santería, Los Congos o Paleros, La regla de Arará y los Abakuá; las lenguas africanas en cuba: yoruba o lengua de santeros, el congo o palero en cuba, la lengua de los arará y la lengua de los abakuá; Finalmente, se presenta la memoria oral cimarrona: música, canto, poesía, proverbios de áfrica y Cuba y literatura sagrada yoruba. Cada apartado es generoso tanto en referencias de otros estudios como en ejemplos sobre la deriva de los temas abordados. La riqueza explicativa de corte antropológico, no permite desviar la atención en ningún momento, ya que un mismo proverbio o un vocablo pueden tener tantas acepciones como fuentes originarias.
Este trabajo nos presenta un mundo complejo del que hay mucho que aprender. En lo personal, representó una fuente amplia de conocimiento y de apertura a nuevas búsquedas intelectuales. Reconozco que por momentos parecía perder el hilo ante tanta información, pero es por demás interesante tener acceso a relatos de ceremonias, testimonios de investigaciones tanto en áfrica como en América, entre otros aspectos. Lo que rescato como más valioso, es la voz de los herederos, la presencia constante de sus miradas y conocimientos. Además no puedo dejar de admirar y respetar estos estudios culturales que en Cuba llevan siglos y que se han esforzado por rescatar todas las fuentes posibles de una cultura en esencia oral. La conclusión es que podemos reconocer en este texto que nos expresamos a través de Africa.
Tomar una sola cita para compartir me resultó muy difícil, pero aquí propongo algo de lo que podrán encontrar en esta publicación:
“La liturgia de las fiestas sacras de los lucumí en Cuba comienza por un oru u oro, ceremonia en que se ‘tocan’ los tambores batá que ‘moyuban’ a los orishas, es decir, invocan rápidamente a todos los dioses de la Regla de Osha o Santería con locuciones rítmicas y tonales alusivas a cada uno de ellos.
La voz moyuba es yoruba y según Fernando Ortiz significa ´hablar con respecto al superior´ y es por ello que cuando se moyuba se hacen llamados a los orishas para que con su presencia honren las fiestas. Cuentan los viejos santeros que los tambores batá no siempre fueron de shangó, pues: Hubo un tiempo en que Orunlá, el más viejo y poderoso de los orishas, era el único que tenía la virtud de saber bailar y era ‘el amo del tambor’, por lo cual Shangó, dios de la virilidad, le envidiaba a tal punto que hizo un pacto con Orunlá. Este le cedió al joven Shangó el tambor y el don del baile, y este otro le pasó en cambio al viejo el tablero de Ifá, o sea el don de poder adivinar todo lo oculto del pasado, presente y futuro” Capítulo Los tambores sagrados: 138
Oralidad y Africanía en Cuba. Mirta Fernández Martínez. Instituto Cubano del Libro, editorial Ciencias Sociales, La habana, 2005

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martes, 18 de enero de 2011

LA PROFESION DE LA SEÑORA WARREN – Bernard Shaw


“Bernard Shaw es soltero, irlandés, vegetariano, mentiroso, charlatán, socialista, conferenciante, aficionado a la música, decidido adversario de la situación creada a la mujer por nuestra civilización y cree en la seriedad del arte” ([1894] 2000:5)
Ni bien leí esta definición que hizo de sí mismo el autor cuando recién comenzaba su carrera de escritor, supe que con ella debería comenzar el artículo ¿Qué esperan de La Profesión de la Señora Warren luego de tamaña postura? Publicada en 1894, esta pieza teatral pudo ser representada recién 8 años después; yo diría que tuvo suerte para los tiempos que corrían.
Vivie vive en Haslemere y ha acudido a los mejores institutos educativos de Gran Bretaña. Es una joven inteligente, focalizada y se pretende independiente. En su forma de expresarse tiene un aire más bien pequeño burgués: resuelta a los números y la conveniencia, más allá de los modales y las buenas costumbres. De su madre- la Sra Warren- sabe poco y nada, hay una suerte de resentimiento en el hecho de que viaje todo el tiempo y haya pasado poco tiempo con ella. Un día recibe la visita de la señora Warren y de amigos de esta. A partir de allí, se develará toda una trama tragicómica que involucrará a la paternidad, a la holgazanería, a la riqueza y -claro- al futuro de Vivie.
En cuando a la obra en sí, está fabulosamente desarrollada, con una brutal realidad en cada escena y –personalísimamente- con un final bien extraño. Los personajes son muy difíciles de caracterizar: cuando uno cree que alguno es un patán, se lo percibe tres párrafos después como víctima. Todos son una mezcla de honradez infame, de sentimentalismos cínicos, de aprovechadores justos…
Es llamativa la cantidad de ideas y palabras que puede disparar una obra de teatro en unas 100 páginas de extensión. Es tanto más fuerte lo que sucede una vez terminada su lectura que el propio proceso de discurrir por sus diálogos. La carga de ironía y agudo cinismo envuelta en cada escena pone de manifiesta la crítica del autor a una sociedad victoriana que vive de las apariencias y que se ve llevada a cualquier tipo de ocultamientos y mentiras para mantener el honor. Mas no sea, haciendo una fortuna en una ciudad lejana y teniendo a la familia en la otra punta para que no se entere del origen del dinero.
Como dice el propio autor en su prólogo, la obra fue escrita para transmitir que la verdadera causa de la prostitución no es “la depravación femenina ni el desenfreno masculino” sino el hecho de que a las mujeres se las explota y se les paga de manera lo suficientemente vergonzosa como para que las más pobres acudan a prostituirse para sobrevivir. “Ninguna mujer en su sano juicio sería prostituta profesional si pudiera vivir y prosperar siendo respetable, ni se casaría por dinero si pudiera casarse por amor” ([1894]2000:11) Sin más que decir…
LA SEÑORA WARREN – Hija mía, avergonzándose no se hace más que demostrar tener buena educación, que es lo que se espera de una mujer. Las mujeres tenemos que fingir muchas cosas que no sentimos (…) Pero yo no puedo decir una cosa cuando todo el mundo sabe que quiero decir otra ¿Qué objeto tiene esa hipocresía? Si el mundo está organizado de ese modo para las mujeres, no sirve para nada el fingir que está organizado de otro.
Acto Segundo, Página 112.
La profesión de la Señora Warren, Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 2000

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domingo, 19 de diciembre de 2010

HISTORIAS OCULTAS EN LA RECOLETA – Cuentos: María Rosa Lojo Investigación histórica: Roberto Elissalde

Locales y turistas sabemos que el Cementerio de la Recoleta – antes llamado cementerio del Norte- nos lleva a recorrer gran parte de la historia Argentina, tanto en términos políticos y sociales como artísticos. Y mientras los apellidos “altaneros” (prefiero esto a “alcurnia”) que hicieron época y decidieron destinos se codean metro a metro, hay otros que se les cuelan por el solo peso de los hechos como Facundo Quiroga o Eva Perón. Como fuere, desde la mirada con que queramos encarar este espacio, no puede haber pereza intelectual en su recorrido. Personalmente, cada vez que paseo por allí, siempre me voy con la grata idea de volver a observar todo lo que seguramente se me escapa. Y así, casi sin proponérmelo, cada tanto cruzo sus puertas y me llevo algo nuevo.
El libro que les presento hoy, toma como eje el cementerio y alguna de sus tumbas en particular, para disparar relatos ficcionales anclados en hechos reales. Rojo y Elissalde nos presentan quince historias, narradas en primera persona por personajes que no necesariamente son el propio protagonista. 
Personalmente me gustó mucho el estilo narrativo y los ángulos desde que se tomó cada historia, los personajes no son fácilmente asibles, hay profundidad en ellos y halos de misterio en los sucesos. Por épocas, algunos hechos y familias se relacionan; las pequeñas menciones que los conectan despiertan la curiosidad del lector, además de acercarnos un poco más a las costumbres y eventos culturales de cada momento.
De todas las historias, las que me resultaron novedosas fueron las referidas al secuestro del cadáver de Doña Inés Indart de Dorrego, la cabeza de Marco Avellaneda y Doña María Magdalena, viuda de Alzaga enclaustrada de por vida con sus seis hijas menores. Los relatos que me parecieron podían tener mayor densidad remiten al periplo de Juan Manuel de Rosas desde el cementerio de Southampton a la Recoleta y el hijo de Mitre. Y, los que me sorprendieron por la belleza de la presentación de los personajes fueron la historia de Catalina Dogan (servidumbre de la familia Sáenz Valiente) y el asesinato y traslado de Facundo Quiroga.
Como cierre solo me queda transmitir que el libro me gustó mucho, que me dio mucho más para investigar y “curiosear” y que, entiendo, son relatos que pueden tener una amplia aceptación en cualquier lector. Los cuentos son amenos e invitan a meterse en un mundo que, aunque distante, es parte de todos.
A quien escribe, le queda como tarea, tomar cada historia y buscar los rincones de la ciudad involucrados…

“La muerte y la fiesta, polos complementarios de la cultura popular, estaban, ambos, muy presentes –y muy cercanos- en las primeras etapas de nuestra vida independiente, que corresponden también a los primeros tiempos del cementerio. Existían, por cierto, unas “Fiestas de la Recoleta”, bulliciosas celebraciones públicas que comenzaban el día de Nuestra Señora del Pilar y se extendían durante una semana (…) Los defensores de la moral y las buenas costumbres (sobre todo, los británicos) no dejaron de protestar contra estos festejos, que se prolongaban hasta la madrugada con bailecitos o “changangos”, y que a veces, también proporcionaban algún nuevo habitante al cementerio” Prólogo: 19
“Otra costumbre, de raíces profundamente coloniales, era el “entierro del angelito”, donde se festejaba el ascenso directo a los cielos de un niño inocente que, por lo tanto, se convertía en ángel. Se disfrazaba a estas criaturas de la manera más bizarra y lujosa posible, y, si la familia era adinerada, hasta se los adornaba con joyas, que luego retiraban antes de sepultarlos. Este entierro de niños, tan penoso de por sí, desembocó alguna vez en episodios crueles, que desmentían la suprema dignidad de la “muerte igualadora” y prolongaban privilegios de la vida terrena. Cuenta Mariquita Sanchez: ‘¡Cómo diré hasta dónde iban estas extravagancias! [los vestían] ya de pastores, ya de cautivos, ya de ángeles; en fin, hubo la mas divina ocurrencia en una casa en que mueieron un niño y un negrito (1) Vistieron al niño de San Miguel y al negrito como el diablo. La madre lloró, suplicó, pero como era esclava, tuvo que callar…” Prólogo: 21
(1)     Subrayado propio. AH
Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2009.

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domingo, 14 de noviembre de 2010

MI HISTORIA DE LAS MUJERES – Michelle Perrot

Michelle Perrot es una historiadora francesa http://es.wikipedia.org/wiki/Michelle_Perrot Ha dedicado toda su obra a investigar y publicar sobre materia social, principalmente ligada al movimiento obrero y al feminismo. Cuando me crucé este libro en el tope de una mesa de librería debo confesar que me sorprendió. No porque no se la publicara en español, sino porque nunca había visto un libro suyo tan exhibido.

“Mi historia de las mujeres” me llamó la atención por dos cosas: primero porque es un libro de 200 páginas y sinceramente me pareció imposible sintetizar algo de la historia de los mujeres en tan pequeña publicación, segundo porque no podía imaginar cuales serían los ejes organizadores del relato. 

El libro se encuentra dividido en cinco apartados temáticos que incluyen qué es y qué implica decir “historia de las mujeres”, el cuerpo, el alma, el trabajo de las mujeres y mujeres en la polis. Dentro de cada tema los subcapítulos son lo suficientemente amplios e interesantes como para escribir libros con cada uno. Valga como ejemplo que cuando se habla del trabajo de las mujeres, el contenido implica tanto la vida campesina, como el trabajo doméstico, la realidad de las fábricas o los oficios de nivel terciario.

Realmente Perrot plantea los temas desde lo que considero los puntos más importantes; explica cada uno de ellos con natural claridad y sencillez expositiva. Para mí, este es un tipo de libro que sirve de disparador para ampliar todos sus tópicos; en este sentido la autora abunda en fuentes de información y referencias como para que uno pueda hacer su propio camino. Admiro profundamente la generosidad del saber de algunos investigadores, que nos dan pautas de continuidad y reconocimiento en otras tantas publicaciones relacionadas.

Pero vuelvo a algunos puntos que me parecieron importantes. La historia de las mujeres -indica la autora- no existió desde siempre sino que surgió en Estados Unidos y Gran Bretaña en los años 60 y una década después en Francia. Perrot ubica esta episodio como algo reciente, de unos 30 años y señala que la pregunta inicial estuvo asociada a si las mujeres tenían una historia, sobre todo porque “el estructuralismo de Claude Lévi-Strauss había insistido mucho en el papel que ellas tenían en la reproducción y los lazos familiares” (2009:15) Por distintas razones, las mujeres han sido invisibilizadas, quizás el principal motivo es que casi no han participado del espacio público y este ha sido escenario privilegiado de la historia. Las mujeres dejan pocos rastros, se las ve poco, no dejan fuentes para el estudio. Accedieron tardíamente a la escritura y sus imágenes fueron retratadas por hombres: “estas imágenes nos dicen, sin dudas, mas sobre los sueños o temores de los artistas que sobre las mujeres reales”(2009:19) Es inevitable sumar a lo anterior la pérdida de los linajes por adoptar el apellido matrimonial, la falta de conservación de papeles, escritos y diarios, y una suerte de autodestrucción de la memoria femenina: las mujeres convencidas de su poca importancia destruyeron sus registros personales al final de sus vidas.

Expuesto lo anterior, ¿cuáles fueron los insumos iniciales para esta historia? La investigación comienza por los archivos públicos; los registros policiales y judiciales son los más enriquecedores en información sobre mujeres. Los archivos privados, la correspondencia y los diarios íntimos aportaron otro tanto. Pero estas fuentes suelen atentar contra lo cotidiano y contra las clases más bajas que no se pueden permitir estos registros. En ese sentido, la labor del feminismo ha sido fuerte en rastrear las historias de bisabuelas y abuelas para reconstruir información. En cuanto a libros, la primera forma de expresión admitida y publicada tuvo espacio en los conventos. Recién a partir de 1900 las mujeres escribirán para folletines, novelas y periódicos.

Simplemente y, para no extenderme demasiado en un tema que es realmente apasionante, recomiendo este libro como introducción, como hipertexto que abre posibilidades infinitas de nuevas lecturas. Por último, retomo la autocrítica de la propia autora. La historia de las mujeres sobre la que habla remite con preponderancia a la vida en occidente y en particular a Europa. Hay mucho por trabajar aún para que esta historia sea más completa. Desde aquí, pienso en la historia de las mujeres de pueblos originarios o de las afro-descendientes y su rol en nuestras sociedades.

“Empecemos por el principio, el nacimiento: la niña es menos deseada. Anunciar “es un varón” es más glorioso que decir “es una niña”, debido al valor diferente atribuido a los sexos, lo que Francoise Héritier llama la “valencia diferencial de los sexos”. En los pueblos de antaño, las campanas repicaban menos tiempo por el bautismo de una niña, así como por el entierro de una mujer. El mundo sonoro está sexuado” Michelle Perrot (2009:53)
Mi Historia de las Mujeres, Fondo de cultura Económica, Buenos Aires, 2009 [2006: primera edición]

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domingo, 5 de septiembre de 2010

LA MUERTE DE PABLO ESCOBAR - Fernando Botero

Fernando Botero. La muerte de Pablo Escobar. 1999. Óleo sobre tela. 58 x 38 cm. Sala Donación Fernando Botero.

En cualquier lugar del mundo donde uno esté si hay una producción de Botero, es imposible no identificarlo. Sus clásicas figuras regordetas lo hacen inconfundible. Cuando en el año 2006 se hizo una muestra suya en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires, corrí hacia él, no porque estuviera entre mis artistas favoritos. No ha sido un artista que capturara mi atención en absoluto, siempre me pareció muy repetitivo debo decir, pero me daba simple curiosidad ese vuelco que había experimentado en estos últimos años de incorporar en sus cuadros “la realidad” de la sociedad colombiana. “La muerte de Pablo Escobar” tristemente no estaba en la muestra.

Como fuere, hoy en día, por sobre la inmediatez de la comunicación de imágenes, es interesante que haya pintores que se permitan la interpretación artística de ciertos hechos… que nos propongan su mirada. A veces al realismo de la inmediatez no nos da espacio para la reflexión, mirando un cuadro de este tipo, uno se permite pensar algunas variantes.

Los techos de tejas de las casa aparecen oscuros a primera vista, a medida que se alejan se van iluminando por el sol, en color terracota. Las tejas son de estilo español colonial, redondeadas, antiguas con unas pinceladas blancas sobre ella para demarcar la forma. Toda la vista de la ciudad se corresponde con casas, de paredes blancas y ventanas celestes que llegan al pié de la montaña. Se nos cruza una sola chimenea que emana humo, pequeña, casi ínfima respecto del personaje central de la historia.

Atrás, montañas que rodean la ciudad. Verdes, altas y redondeadas, un tanto opacas, como si estuviera anocheciendo. El cielo está cubierto de nubes, denso, en escala de azules que apenas se figuran por algún celeste que demarca algo de luz.

Escobar es enorme, es una figura gigantesca que cubre toda la ciudad desde las alturas. Está descalzo sobre el techo de la casa con chimenea. Sus pies, con los talones apenas levantados dejan una tenue sombra bordó, del mismo color de la sangre que emana de su cuerpo. El pantalón oscuro llega a sus talones y es sostenido por un cinturón que –si no se mirara con precisión- parece una simple cuerda. Lleva una camisa blanca, completamente desabrochada, que deja su pecho descubierto de frente a las balas. Su cara tiene los ojos cerrados, labios rojo intenso y pequeños, bigotes cortos, una tenue barbilla y su pelo castaño acompañando el movimiento del cuerpo. Sus manos completan el gesto de protección de las balas que vienen hacia él.

En su mano derecha Pablo tiene un arma, pero sus dedos están legos del gatillo. Está cayendo herido por una excesiva cantidad de balas que han dado en sus piernas, torso, brazos… y una en la frente, justo arriba de los ojos. Cada punto rojo en su cuerpo es una bala que dio en el blanco. Hay algunas manchas de sangre, pocas en comparación con lo que aparenta su cuerpo dolorido, como si todo hubiera sucedido demasiado rápido.

Hay algo de especial en el tema del cuadro. Lo primero que me viene a la mente es la “lluvia de plomo”, esa que Escobar prometía descargar sobre quienes no aceptaran la contraoferta: “el dinero”. Y así aparentemente sucedía…

No quiero meterme en la historia de la sociedad colombiana, en sus muertes, en su desgarramiento, ni en sus intentos de superación porque siempre temo pecar de ignorancia. Sin embargo, hay algo en la figura de Pablo Escobar Gaviria que proyecta una imagen romántica. Ese tipo amado por los humildes, que construyó barrios, estadios de fútbol y hacía beneficencia a mas no poder. ¿Por qué lo haría? ¿Tendría que ver con sus orígenes o simplemente el afán de su carrera política? La cosa es que muy pocos personajes delictivos de la historia las hacen de Robin Hood y cuando lo hacen, entran en esa especie de limbo que parece contraponer todo el tiempo al diablo y a Dios. Y es que muchos de los mortales ni siquiera acceden a esa categoría.

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sábado, 28 de agosto de 2010

LA NEGRA ANGUSTIAS – Francisco Rojas González


Capturó mi atención porque son raras las novelas sobre las revoluciones que pongan de protagonista a una mujer. Así, del aeropuerto del DF me traje un poquito mas que los recuerdos de un maravilloso viaje; gané también una historia, que si bien contempla el relato imaginario propone valores por los que se debería seguir luchando hoy. A su vez, me sirvió de pretexto para reflexionar un poco sobre todo lo que no sé: revolución mexicana incluida. Es cierto que uno trae algunos datos sueltos pero se siente la falta de profundidad de análisis...
Angustia Farrera es una campesina mulata del sur del país. Vive en una suerte de casucha en medio de la pobreza y – claro está- falta de educación formal. Es decir, corre con triple desventaja para la sociedad del momento (¿por qué no la actual?): es mujer, es mulata, es pobre. Y en ese camino de la marginación le toca vivir situaciones de violencia, le toca aprender a defenderse, le toca escapar y… se le cruza la revolución y el “boca en boca” de la lucha de Emiliano Zapata.
Con la Revolución todo comienza a tener sentido para Angustias: hay que luchar por los pobres, hay que cambiar las cosas, y por sobre todo, hay que cambiar el rol de las mujeres. Desde ya, esta manera en que lo expreso es una abstracción de segundo orden; la riqueza de ello está en cómo la protagonista va conformando estas ideas a partir de pensamientos muy sencillos y anclados en la realidad cotidiana. Angustias se transforma así en la Coronela fuerte y valiente que todos admiran, sus hombres la siguen hasta la muerte. Ella se impone por la violencia, pero a la vez es muy sensible de la situación de la mujer. El mismo relato parece abandonarla a su suerte cuando hay un pequeño corrimiento de este camino. Cabe aclarar aquí que no es una “historia femenina”, todo lo contrario, es un relato tan anclado en la realidad que hace digna del mayor respeto la mirada aguda del autor. Cada página nos muestra el sentido de muchos sinsentidos, la lucha por el todo, sin tener en claro qué es esto, la falta de intelectualidad orgánica ante tanta fuerza de voluntad y coraje –en este caso- del ejercito zapatista.
Su autor, Francisco Rojas, fue etnógrafo, escritor y también posee trabajos sobre antropología. Incursionó además en guiones para cine. Como otros autores de la época (La Negra Angustias es de 1944) tomó la revolución mexicana como suceso inspirador de relatos novelescos. Este movimiento literario, tiene sus comienzos durante el mismo proceso revolucionario, algunos lo sitúan a partir de obras de 1910 (ver http://redalyc.uaemex.mx/pdf/281/28100205.pdf) y se podría decir que aún continúa con matices. En aquel entonces, los escritores expresaban a través del relato expectativas, posturas políticas y recuerdos o experiencias vividas en carne propia. El rol de la mujer, que sabemos fue importantísimo en la revolución mexicana y, no solamente por acompañamiento sino también por la incorporación de la mujer a la lucha (las soldadescas fueron apartadas luego de 1920 al finalizar el proceso revolucionario con el Gral. Obregón), aparece en las novelas del período relativamente devaluado. En este sentido, el relato de Francisco Rojas es único.
Sin meterme en mayores pormenores históricos, quiero detallar sensaciones. La novela realmente conmueve, ayuda a entender la simpleza de las cosas y el odio de la marginación que hoy en día nos parece tan inexplicable. El personaje de Angustias Farrera puede engañar: personalmente creo que es en esencia profundo y desvalido a la vez. Cuando terminé de leer la novela, lo primero que pensé es que toda ella bien podría ser un cuadro, hermosamente pintado en muchos colores, donde todos sus personajes tienen un lugar destacado, donde se puede intuir el devenir del conjunto.

“Angustias Farrera habíase acercado al grupo. Cada proeza heroica o cada acción bizarra tocábale una fibra sensible; estaba transformada. La lumbre de la hoguera encendía su rostro, contraído por un gesto feroz. Silenciosa e inmóvil escuchaba de labios de los hombres la descripción de un mundo terrible en el que el valor y la razón se batían contra el abuzo y las concupiscencias. Atenta, se dejaba llevar por la ruta ensangrentada de los alzados; la exposición pintoresca y simple, al alcance de su mentalidad en agraz, de los afanes y de las esperanzas comunes, la convencieron de que solo había una remedio contra las torturas de los pobres: la violencia; y de que la violencia manifiesta en su más alto grado cambiaba de nombre: la revolución”: 76
LA NEGRA ANGUSTIAS, Francisco Rojas González, Fondo de Cultura Económica, México, 2007

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domingo, 13 de junio de 2010

DELIRIO - Laura Restrepo



Hay libros a los que uno le tiene desconfianza, pasa sus hojas con precaución y busca el más mínimo detalle para corregir, hasta que al llegar a la hoja 20 se da cuenta que tiene que empezar de nuevo con otro espíritu, con la confianza que brinda una buena historia redactada de manera muy atractiva. Y así fue como leí por primera vez a Laura Restrepo; la conocía es verdad, sabía de su vida intelectual y de su accionar político en Colombia, pero no había hecho ninguna otra aproximación.
Vuelto a comenzar el relato se nos presenta la locura, sin mayores vueltas ni explicaciones: Agustina se volvió loca y Aguilar – su marido- al estar ausente durante el episodio, trata de reconstruir y entender lo que sucedió a la vez que busca algún sentido en este presente. Uno podría pensar ingenuamente que es una historia sencilla. Sin embargo, el riesgo de trabajar con la locura como propulsora de la historia es grande, es dar coherencia a la incoherencia, es brindar algún código legible de lo que ocurre en un universo paralelo, es asir y detallar la experiencia de lo que vive un porcentaje reducido de la sociedad, ocultado y discriminado desde tiempos inmemoriales.
Y ahí está Aguilar -hombre bueno y genuino-buscando mientras espera que de algún momento a otro la vida se torne normal, mientras intenta encontrar algo de Agustina en esa mujer extraña, ausente, violenta, verborrágica, callada, ruidosa, asustadiza… Reflexiona sobre todo lo que no escuchó, sobre lo poco que sabe de la familia de su mujer, sobre su falta de curiosidad hacia determinados personajes y eventos; todo en un remolino de datos desperdigados.
En paralelo, el lector vive las historias encontradas de una familia, que es la de Agustina y parece que no podría ser la de nadie más, que tiene a un abuelo Portulinus con momentos de desvarío, y a una madre Eugenia que trata de preservar las apariencias como en toda “buena familia” y a una tía Sofi que hace “cosas raras”, a un padre que ama por sobre todo y a un hermano – el Bichi- que participa de un secreto sagrado. Todo se mezcla en el presente, en una sociedad colombiana sacudida por la ira de Pablo Escobar, en una clase alta colombiana imbuida de la gracia y la beneficencia que le toca por relacionarse a ocultas con Pablo Escobar…
Hay mucha información en el relato, pero no hay caos; provoca al lector a atar cabos, a entender un poco más y a permitirse exigir que todo lo sucedido deba tener un final esperanzador. Nada es como uno lo imagina hasta el final; y la verdad, el final me pareció delicioso. Simplemente hay que leerla, dejarse llevar y proponerse darle la densidad que merece cada párrafo. Solo me queda un “gracias Ani por el regalo”.
“El Midas McAlister le cuento a Agustina que en medio de la barahúnda y de la borrachera los jugadores de polo le gritaban a la Araña, que seguí en el suelo, Párate, Araña, no seas maricón, no seas aguafiestas, no te tires la velada, y mientras tanto la Araña allá abajo, a oscuras y entre el barro y boqueando y encomendándose a Dios, sin poder moverse porque según se vino a saber más tarde acababa de tronarse el espinazo contra el filo de la roca, Unos después, cuando se percató de que todavía estaba vivo, se hizo llevar a Houston Texas en avión particular, a uno de los megahospitales donde en su momento llevaron también a tu papá, le dice el Midas a Agustina, porque en este remedo de país a todos los platudos que se enferman se les da por peregrinar a Houston Texas convencidos de que en inglés sí los van a resucitar” Delirio:22
Delirio, Laura Restrepo, Punto De Lectura, España, 2004

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